Pancracio se desparrama por su sillón,
levanta una oreja tratando de entender el ruido que hago,
abre un ojo,
prefiere hacer otra cosa,
abre los dos y observa
lo que ningún humano puede ver,
se levanta y automáticamente se vuelve majestuoso,
mira a la ventana con desdeño
como si los rayos del sol
no fueran tributo suficiente
para merecer su atención.
Lo veo a los ojos,
me devuelve la mirada
y estoy totalmente seguro
que él sabe mucho más del universo,
que yo,
que Stephen Hawking,
que la NASA;
luego con su lengua limpia su mano
y talla sus ojos;
no me lo dirá,
no me dirá nada,
ni un maullido de verdad universal.
Baja al suelo,
se regodea,
prueba sus músculos,
camina evocando a sus primos superiores,
como un león,
come algo,
bebe agua chapoteando.
Retorna con ese mismo aire de felino místico,
toma altura como si lo jalaran hilos mágicos jalados por hadas,
con añeja gracia,
con perfección animal,
me lanza una mirada más,
me presume cuanto sabe del todo,
camina sobre sus huellas
y se vuelve un caracol
dibujado con razón aurea,
respira profundo,
retorna a sus pensamientos filosóficos,
a su estado perpetuo.